CREACIONS

De gurús y de brujas

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Por Jone Miren Asteinza  Il·lustración Germán Gállego

Aquella tarde, el gurú le dijo al indeciso alumno: si no te gusta tu vida, invéntatela. Y antes de salir de la sesión de autoayuda ya había tomado la decisión de reinventarse. Pero para ello debía primero matar a ese personaje que ya no quería ser.

Se fue a vivir a un país de nombre casi impronunciable. Alquiló una habitación en un hostal de una estrella, pues no estaba su bolsillo para grandes gastos; más que un hostal era como una comuna internacional formada por gente con ideologías diferentes y costumbres variadas: un hombre ya mayor que siempre iba acompañado del recuerdo de su hijo perdido, una mujer que se pasaba horas sentada en el puerto esperando un regreso de quien un día huyó para siempre, las dos gemelas que decían ser iguales pero que no se parecían en absoluto.

Todas las noches, antes de acostarse, se sentaban en círculo en el suelo y cada cual contaba su vida. Un sinfín de vidas, de historias cargadas de alegrías y tristezas que le conmovieron profundamente.

Hasta que le llegó el turno a él. No sabía cómo empezar su historia. Solo acertó a decir que quería morir para renacer de nuevo, pero que no encontraba la manera de hacerlo.

Le dieron varias ideas, pero ninguna terminó de convencerle. Una de las gemelas, apodada “la bruja”, le propuso convertirse en una pieza de ajedrez: en rey, por ejemplo. Ella haría de reina y con una jugada maestra le daría el jaque. Antes de que su corazón dejara de latir, recogería su último aliento y lo lanzaría al aire. El rey solo debía llegar al pico más alto de la montaña y recorrerlo hasta encontrar la piedra mágica.

—La reconocerás enseguida —le dijo—. Es una piedra muy rara, de forma circular, que tiene un agujero en el centro. Solo tienes que atravesarlo. Al salir por el otro extremo te habrás convertido en el hombre que siempre has soñado ser. Pero tienes que pensártelo muy bien, pues una vez atravesado el agujero, la piedra desaparecerá y ya nunca volverás a ser quien eras.

—¿Sabes de alguien que lo haya hecho? —preguntó él, incrédulo.

—No, yo no, pero un joven me contó la historia de alguien que se transformó en otra persona. Sin embargo, pasado un tiempo le entró una desesperación muy grande por volver a ser quien era. No lo consiguió. Cansado y envejecido, un día se acostó y se durmió para siempre abrazado al recuerdo de su yo anterior.

Al día siguiente, el indeciso alumno del gurú se levantó muy temprano, recogió sus bártulos y, con la lección aprendida, volvió  a su casa a lomos de su propio yo

Jone Miren Asteinza es alumna del Taller d’Escriptura de l’Ateneu Santcugatenc

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