CREACIONS

Sister Act

18-trentadies-Cuento

Per Marisol de Benialbo  Il·lustració Germán Gállego

El capellán de las monjas meditaba sentado en un rincón del claustro. Las hermanas andaban distraídas, se oían suspiros de maitines a vísperas, se dormían en el rosario… El tema había llegado a oídos del obispo y le rogaba una solución urgente, no fuera que el Maligno rondase el convento y las hallase predispuestas. Al rato le llegó la inspiración, casi como susurrada al oído: sus monjas decaían por falta de música. Él las enseñaría a cantar. Muchas de ellas no sabían, habían profesado muy jóvenes. Por otras no pondría la mano en el fuego; juraría que ya se habían estrenado en alguna cantata. Mejor, eso facilitaría las cosas, pues él había olvidado mucha solfa.

Desempolvó el órgano y empezó las clases con sus monjitas. Poco a poco descubrió que la madre superiora era capaz de alcanzar las más altas escalas sin necesidad de calentar las cuerdas. Que algunas cantaban mejor en la soledad de su celda, pero que otras preferían los duetos. Y que las más lanzadas se atrevían incluso con los tríos.

Rápido se aficionaron todas a cantar; lo hacían a todas horas, con capellán o sin él, en colaboración con el jardinero o el carbonero, siempre en busca de una buena canción. Entre agudos y dos de pecho, nadie reparó en el diablo que sentado en su rincón del claustro se frotaba las manos: estaban al  borde de la polifonía. Y entonces él llevaría la voz cantante.

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