CREACIONS

Michael Collins

19-Trentadies-Cuento

Por José Menjón

Cuando los norteamericanos viajaron a la luna yo aún no había nacido, faltaban diez años todavía. No sé si fue en la escuela o fue mi padre el que, ya en los años ochenta, me habló de la proeza. ¿Cómo puede el ser humano, con su minusculez, construir un cohete de ida y vuelta y dejar sus huellas en la luna, ese planeta que se ve, tan lejos, encima de nuestras cabezas? Aunque represente solo un 1% de mis fantasías sobre aventuras espaciales, siempre me ha parecido una historia impresionante y no me creo a los que dicen que fue un montaje del presidente Richard Nixon.

El caso es que, ya desde pequeño, lo que me llamó más la atención no es que la nave recorriera 400.000 kilómetros en tres días, ni que con todo ese fuego el cohete no estallara en mil pedazos o se perdiera para siempre en el espacio… Lo que no dejaba de sorprenderme es que, de los tres astronautas que protagonizaron la gesta, uno de los tres nunca pisó la superficie lunar. Olvidémonos de las selfies de Armstrong y de Aldrin, olvidémonos de la famosa frase del pequeño paso para un hombre y el gran paso para la humanidad, olvidémonos de las imágenes del globo terrestre a lo lejos y de la banderita americana… Para mí el auténtico héroe fue el tercero, el tapado: Michael Collins.

El paralelismo entre la misión Apolo 11 y el viaje de Cristóbal Colón a las Indias es fácil de hacer, no en vano la nave donde Collins se estuvo mordiendo las uñas se llamaba, precisamente, Columbus. ¿Alguien se imagina a alguno de los tripulantes de la Pinta, la Niña o la Santa María quedándose a bordo mientras el resto de sus compañeros camina sobre las cristalinas aguas caribeñas, arrastra las botas por las arenas doradas de sus playas y se adentra en sus selvas de brillantes palmeras? Yo no.

Imaginemos por un momento las interminables horas que Collins pasó en la nave mientras sus dos compañeros se hacían fotos y recogían los 21,7 kilos de piedras que se llevaron del reseco Mar de la Tranquilidad. ¿En qué pensaba? ¿Se limitaba a pulsar botoncitos y a llevar a cabo la misión? En algunas entrevistas posteriores ha explicado que estaba aterrorizado ante la idea de que Armstrong y Collins se perdiesen y tuviera que volver solo a la tierra. Ese compañerismo es tierno y muy heroico. “No estoy aquí para pisar la luna, no todo es ser el primero en algo, de hecho ya he sido el primero en hacer algunas cosas, quizá menos espectaculares, eso sí, pero el primero al fin y al cabo… Lo importante es el trabajo en equipo”.

¡Venga ya! Yo sería incapaz de quedarme dentro de la nave sin salir. Me resulta impensable esta fuerza de voluntad, esa capacidad de obedecer. “Houston, habla Collins. Entiendo que pongo en compromiso la seguridad de la misión, entiendo que estoy desobedeciendo órdenes directas… Pero yo bajo, Houston, lo siento mucho. Imagino que cuando volvamos a la tierra me vais a abrir un expediente, me vais a inhabilitar de por vida, pero yo no me quedo aquí dentro, Houston, yo también quiero salir… ¡Yo también quiero pisar la maldita luna!”

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