CREACIONS

El legado de mi abuelo

21-Trentadies-Cuento

Por Sirag Nabih  Ilustración Germán Gállego

Yo lo respeto todo eh. Pero cuando me dijeron que heredaba las colecciones de mi abuelo me imaginaba otra cosa. Normalmente uno encuentra rarezas que han estado ocultas en un desván durante años y resultan ser muy valiosas. Tampoco es que imaginara una fortuna de millones, pero sí algún objeto singular que pudiera vender. Tengo la pantalla del móvil rota desde hace dos meses y se está empezando a despegar la parte que es como blanca. Es normal que quiera cambiarlo, ¿no?

En seguida me centré en las dos colecciones que potencialmente podían ser más rentables: la de monedas y la de cómics. La primera resultó ser un fracaso. Por lo que me dijeron en la casa de empeño, la colección de mi abuelo carecía de cualquier tipo de valor numismático. Simplemente se había limitado a acumular monedas de sus viajes sin importar su estado o futuro rédito. Pensé que quizá tendría algún tipo de valor sentimental, por lo que decidí volver con la colección completa a casa.

Lo de los cómics fue más frustrante. Podría entender que alguien, por ejemplo, viaje por el mundo y decida guardar una moneda de cada lugar sin importar el valor, por una cuestión sentimental. Pero, ¿quién guarda cómics antiguos si no es para su futura revalorización? En efecto, la colección de mi abuelo contaba con todos los ejemplares salvo aquellos de más valor entre los círculos de coleccionistas. Cambié de casa de empeños, pensando que quizá me estaban tomando el pelo. Me dijeron lo mismo, aunque el tipo de la segunda tienda me dijo que seguramente mi abuelo había vendido los números más valiosos, quizá en alguna época de dificultad. Yo respeto la memoria de los muertos, pero si él mismo vende su colección, digo yo que yo también podré, ¿no? Por los cómics he sacado casi cien euros.

La que me tiene en un dilema es su colección de arena de diferentes partes del mundo. No es que sea supersticioso, pero desde que está en casa han pasado cosas raras. Leí que de las pirámides de Egipto no te puedes llevar nada, o te cae una maldición. Y poco después de que llegaran los botecitos de marras, mira, se me rompió el móvil. Además la arena de Koh Chang y la de Hawái pondría la mano en el fuego que son la misma. No digo que mi abuelo fuera un mentiroso, pero el hombre estaba mayor y al final sí que es verdad que había puesto alguna vez el mando de la televisión en la nevera. Creo que regalaré esa colección a algún amigo. Tampoco es que regale una maldición, si la persona no es supersticiosa, claro.

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