CREACIONS

El origen del mal

Por José Menjón

Faltaba poco para el cumpleaños de su esposa y no sabía qué regalarle. Tenía de todo. No hacía falta que fuera su cumpleaños para que le hiciera toda clase de regalos, que se sumaban a lo que, gracias al magistral manejo de las tarjetas de crédito, se compraba ella misma cuando le venía en gana. Cualquier tipo de ropa, complemento, joya… Olvídalo. ¿Un coche? Ni hablar. ¿Un animal? Tampoco. Pasaban los días, se acercaba la fecha y cada vez estaba más perdido. Hasta que una mañana, por pura inspiración, se le ocurrió una idea genial, una tontería que no por más simple y cursi era menos acertada. Estaba desayunando cuando recordó aquella mermelada deliciosa -¿de albaricoque, era?- que les sirvieron en aquel hotel de Sudáfrica tras la primera noche de su luna de miel. Recuerda perfectamente la mirada que le hizo cuando, provocadora, aseguró que aquella mermelada le había dado, por primera vez en su vida, plena satisfacción. El aire de la primavera austral, el sol iluminando su deshecha cabellera pelirroja, la perfección del bienestar del desayuno en aquel jardín de aquel hotel lejano, el recuerdo imborrable de las caricias en la piel de aquella noche apasionada cristalizaron en aquella mermelada y aquellas palabras felices provocaron, en él, la certeza de que la amaría para siempre. Pero no había tiempo para recuerdos. El cumpleaños era al día siguiente, veinticuatro horas para encontrar una mermelada procedente de la otra punta del planeta le parecía imposible. ¿Qué podía hacer? Una hora y media en internet sirvió de poco. Localizó el tipo exacto de mermelada, eso sí -hecha con una mezcla de albaricoques y naranjas del soleado valle de Nkwalini, en la provincia de Zululand, producto reconocido pero imposible de encontrar más allá de las fronteras del país- ninguna tienda, ninguna sucursal, ninguna distribuidora que la acercara más allá de, quizá, alguna tienda de delicatesen perdida en el Soho neoyorquino o londinense -eso era una suposición- ninguna posibilidad de comprarla como quien compra un Burdeos o cualquier queso francés. Miró billetes de avión. Si se iba en… cinco minutos quizá podía enganchar una combinación de Amsterdam a Ciudad del Cabo y de ahí a Durban y desde ahí empezar a buscar una tienda o en caso extremo viajar al valle, con el tiempo justo para volver y coger el avión de vuelta. Era domingo de tiendas cerradas -demasiado arriesgado, demasiado cronometrado- pensó… ¿Se iba? No. -¿Por qué no lo hizo?- nos preguntamos. -¡Por qué no lo hiciste!- exclamamos.

Localizó el tipo exacto de mermelada, hecha con albaricoques y naranjas del soleado valle de Nkwalini

Pero no. Sigue buscando. Comunidad sudafricana en Barcelona… Nada muy organizado. Hace un par de llamadas… Nada. Hasta que la solución viene de la forma más impensable. Después de todo el día dando vueltas y preguntando en todas partes sin ningún tipo de éxito, por la noche se acuerda de aquel programa de radio donde unos llaman para hacer preguntas y otros llaman para dar respuestas a las cosas más absurdas que uno pueda imaginar. ¿Qué podía perder en intentarlo? De forma que llamó. Y fue por su sorpresa que, al cabo de tan sólo diez minutos, mientras miraba distraído por la ventana, ya abandonada toda esperanza, oyó una vocecita de acento indescriptible que decía que era un señor sudafricano y que tenía en casa, oh casualidad, cuatro botes de la mermelada en cuestión. No se lo podía creer. Volvió a llamar a la radio y le dieron el número del hombre. Llamó y ahí estaba, muy amable, qué fácil, dispuesto a quedar por la mañana no ya para venderle, sino para regalarle con mucho gusto uno de los botes para complacer a su señora. A las nueve de la mañana se encontraba con él en una cafetería. Charlaron de sus recuerdos comunes -muy pocos- de Sudáfrica y coincidieron en poner por las nubes el sabor de aquella extraordinaria mermelada. No quiso de ningún modo aceptar ningún dinero, si bien se dejó invitar al café, solo, que se tomó con suma elegancia y distinción, sin añadirle azúcar. De modo que a las diez estaba ya nuestro héroe en casa preparando el desayuno y a las diez y diez entraba a la cocina su querida esposa aún medio dormida, con la bata mal atada, dejando entrever su eterna gracia juvenil. Mira qué tengo aquí, amor. ¿Qué es? Huele, verás. Agarró el bote, lo abrió, y el delicado aroma de la mermelada les transportó al momento más feliz de su vida. -¿Desayunamos en el jardín?- dijo él. Vamos. A las dos de la tarde, cuando llegó la hija para felicitar a su madre, se los encontró todavía en la mesa del jardín, con la cabeza caída sobre el plato, la cara y el pelo pegajosos, llenos de mermelada. La autopsia dictaminó envenenamiento por cianuro, una altísima dosis, asesinato en toda regla. Qué muerte más absurda, nadie entendía nada -quién puede haber hecho esto, por qué. El señor sudafricano -no fue fácil para la policía reconstruir los hechos, pero lo hizo -había desaparecido. Lo encontraron dos años más tarde en Salerno y le condenaron a treinta años de prisión, pero claro ya lo dijo la hija: ahora todo esto ya no sirve para nada.

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