CREACIONS

Altiro (y 3)

Per Souvarine

Per Souvarine

La revolución vino de África… Y fue tan espectacular que se inscribió para siempre en los libros de historia. Los intentos previos de destruir el gran cañón de los chilenos fracasaron por completo. Normal: la Antártida estaba vigilada por mar y por aire, era un continente inexpugnable, protegido por un millón de torres y misiles y submarinos nucleares, ningún grupo rebelde podía hacer ni el más mínimo movimiento sin que su país entero saltara por los aires…

Hasta que los africanos tuvieron una idea genial. “¿Si no podemos llegar a la Antártida ni por aire ni por mar”-se preguntaron-“por dónde llegaremos?” Sólo quedaba una alternativa: por tierra, es decir, por tierra de manera literal. Un túnel, sí. Un túnel que, por debajo del océano, horadara los más de 4.000 kilómetros que separan la Ciudad del Cabo del continente blanco. Genial, ¿verdad?

Cuentan que la operación duró diez años. Quizá parece mucho tiempo, pero es poquísimo si consideramos la magnitud de la labor. De hecho, fue un auténtico milagro. A las delirantes profundidades submarinas y a las enormes dificultades de respiración, se sumó el gravísimo problema de qué hacer con los escombros, pues si hubieran sido acumulados en la Ciudad del Cabo la montaña resultante hubiese superado el Everest. La única solución fue repartir las piedrecitas que iban sacando una a una del agujero por todo el continente, disimuladamente… Es por eso que África entera es, hoy, tres centímetros más alta.

El problema que hubo, después de tantos trabajos, es difícil de explicar sin parecer un poquito racista. Pero las cosas como son. Si los revolucionarios no hubiesen sido negros, el hasta entonces anónimo soldado Andrés Valdivia no hubiese dado la alarma al ver asomar sus cabecitas en medio del perpetuo blanco de la Antártida… Pero eran negros y los vio. De modo que la alarma activó todos los sistemas de defensa, el túnel fue rociado con napalm y la ciudad del Cabo destruida en un segundo. Adiós revolución.

Hay que decir que, como muestra de su infinita bondad, el presidente Guzmán condecoró póstumamente a esos mártires de la libertad, a esos héroes que confirmaron, con su bravura, la supremacía chilena sobre el mundo.

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