CREACIONS

Wamkelekile (1)

Por José Menjón

Fue en la esquina de Keurboom Road con Campground Road, la primera, es decir, donde Keurboom Road cruza el tramo ancho de Campground Road cuando esta se transforma en Palmyra Road y no donde Keurboom Road cruza el tramo más estrecho de la otra Campground Road, esa pequeña y solitaria calle que se separa-en realidad siguiendo una línea recta-a la altura de la clínica veterinaria Rondebosch para unirse-después de un stop-a la curva que, girando hacia la izquierda, bordea la entrada del Kelvin Grove Club. De hecho, hay quien llama directamente Palmyra Road a ese tramo antinatural de Campground Road, y quizá con toda la razón, pues no hay motivo aparente para esa duplicidad de nombres más allá del hecho de que una respetable calle como Campground Road se convierta en una callecita insignificante-aún siendo, hay que admitirlo, la auténtica Campground Road-para volver, apenas doscientos metros más allá, a su anchura habitual. Estas cosas pasan en Sudáfrica.

El caso es que cuando llegué a la esquina no sabía nada de todo esto, todavía. Nunca había pasado por allí. Aunque llevaba tres noches en la ciudad, esa mañana era la primera que estaba solo y a mis anchas, de modo que me puse a caminar. Lo único que sabía era que me iba andando al centro y que, como una aparición divina, el inmenso macizo de la Table Mountain atraía mis miradas, con una fuerza brutal, a través de las ramas de los árboles. La temperatura era perfecta. Había pocos coches, el agudo canto de los estorninos me envolvía, soplaba una agradable brisa bajo el sol… Se olía la primavera por todas partes.

Me habían dicho que el barrio era uno de los más tranquilos de la ciudad. Bajo los gobiernos de Malan, Strijdom y Verwoerd fue una de sus más selectas zonas blancas, y aunque el apartheid ya llevaba muchos años abolido, los blancos seguían siendo mayoría en esta zona, representando aproximadamente dos terceras partes del total. Aún así, cuando llegué a la esquina vi que había algunos hombres pululando entre los coches parados en los semáforos en rojo. Mientras esperaba mi turno para cruzar la calle -iba por la acera derecha, pues venía de Fairfield Road-observé que al otro lado había un grupo de ellos, algunos de pie y algunos sentados en la espesa sombra, bajo un brillante manto de hojas verdes.

¿Les debía tener miedo? No lo sé. Recordaba que una vez, en Nueva York, fui caminando Broadway arriba hasta el Bronx y que, a las cinco de la tarde, a la hora en que los niños salen de la escuela, me vi de pronto rodeado de negros por todas partes. Yo era el único blanco entre una multitud de negros, cientos de negros, quizá mil negros a mi alrededor. Fue una situación curiosa. Paseé un poco más por el barrio, compré un mapa-no sé por qué, pues ya había llegado y no me dirigía a ninguna parte-en una tienda donde aparentemente vendían de todo y me dirigí al metro para regresar a la isla de Manhattan. Esperando en el andén, me pareció que unos tipos me miraban mal, como si yo estuviera haciendo alguna cosa mala. Se estaba haciendo de noche.

Mientras tanto la Ciudad del Cabo seguía soleada, mi semáforo seguía en rojo y yo seguía mirando a los hombres de la esquina. Uno llevaba un ramo de flores blancas, otro un fajo de periódicos, otro tenía distribuidos por la acera toda una serie de animales tallados en madera, el más grande de los cuales, un perro, levantaba el hocico en una actitud que, desde la distancia, me pareció señorial, aunque también podría ser, pienso ahora, que estuviera simplemente oliendo algo. Detrás de ellos, dos hombres más -ataviados con un peto que en un tiempo muy, muy lejano debía haber sido de color naranja chillón-estaban sentados en el suelo, de espaldas a la pared. Entre los dos había una botella de fanta de limón-si contenía efectivamente fanta de limón es algo que no puedo asegurar-y me miraban. Uno de ellos, el que llevaba una gorra de beisbol roja, levantó un brazo y me gritó algo que no entendí. Parecía una pregunta, aunque podría haber sido también una afirmación. Cuando el semáforo se puso en verde, en vez de cruzar la calle, giré a la derecha.

-You, boy!-oí a mis espaldas.

No me giré. Seguí andando, disimulando.

-Hey, you!-volvió la misma voz, más fuerte. Apreté un poco el paso.

Una vez llegué a la altura de la clínica veterinaria Rondebosch-decorada, curiosamente, con dos perros de piedra blanca con el hocico levantado-pasó un Volkswagen descapotable cargado de niños rubios al cual seguían, como en procesión, tres Mercedes plateados. Fue al volver la mirada hacia adelante que vi que al otro lado de la calle una valla delimitaba un pequeño espacio circular y la entrada de una calle. Crucé. Eso era. Me encontraba justo en el extremo en el que la legítima Campground Road, viniendo del norte, sigue su camino en línea recta y se convierte en un agradable cul-de-sac residencial dominado por imponentes masas de verde y flores violetas. Aunque mi plan era seguir por la ancha Campground Road en dirección norte, di la vuelta a la valla y me metí en la callejuela.

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